Pilar Roig guanyadora del IV concurs de relats curts convocat per la UdL

Pilar Roig guanyadora del segon premi del IV Concurso de Relatos Cortos del Departament de Filologia Clàssica, Francesa i Hispànica convocat per la Universitat de Lleida (UdL) amb el relat "Tú, siempre perenne".
EL JARDÍN
El silencio tan solo se resquebraja ante mis pisadas implacables. La tierra me mancha las zapatillas, pero no me importa. Mis brazos, inertes a los costados, se entretienen en un mutuo intercambio de caricias con la hierba. Yo continúo, sonrisa en mano, tratando de recordar cuánto tiempo hace desde que estuve en este lugar por última vez. Por desgracia, es más del que me gustaría.
Los pájaros me dan la bienvenida a medida que avanzo por el bosque. Algunos alzan el vuelo, dotándome de una privacidad que ya no necesito. Se me hace extraño sentir la espalda tan ligera, descargada, aunque no añoro mis largos cabellos o los quebraderos de cabeza que solían perseguirme. Desprenderme de ellos fue difícil y muy satisfactorio, como saborear una gota de lluvia después de llevar demasiado tiempo alzando la lengua hacia el cielo.
Lentamente mis ojos recorren el lugar donde me encuentro. Me parece tan mágico, el hecho de que, a pesar de que haya estado aquí miles de veces, el paisaje nunca sea el mismo… Aprecio nuevas plantas, otras están más altas y frondosas, felices ante la llegada de la primavera. El suelo, libre de pisadas, está lleno de florecillas de colores, que se alternan de una forma demasiado sinérgica para ser aleatoria.
La luz incide sobre una roca que destaca sobre las demás por su tamaño, que prácticamente duplica el mío. Está cubierta por musgo, y cuando mis dedos lo palpan, el contacto es tan familiar, que me estremezco. Miro hacia arriba, temeraria y cegada por el fulgor, admirando el silencio, lejos del ruido de la ciudad y de su toxicidad. Inspiro con lentitud, hinchando el tórax, llenándome los pulmones de un aire fresco y renovador.
Abro mi bandolera de tafilete, y enseguida hallo la siringa que me regaló mi padre cuando era una niña. La llevo siempre conmigo, porque la madera rubicunda con la que está tallada me recuerda a los amaneceres de mi pueblo. Y a él, que conserva las manos gráciles y astilladas a pesar del tiempo. La recorro a ciegas, y poco a poco mis labios esbozan esa sonrisa que soy incapaz de hacer cuando estoy triste.
Saco la mano del tahalí y me subo a la roca, arañándome la piel en el proceso. No me preocupa, porque ya no necesito la tez para ocultar heridas de mi interior. Saco la flauta de pan, ansiosa, y frunzo los labios para empezar a tocar. Soplo con suavidad, dejándome embaucar por el sonido dulce y meloso que desprende el instrumento. Las notas van y vienen, y yo les permito brotar a su antojo, dejándome fluir. Los ojos se me entelan ante la armonía que presencio, inefable, y si las lágrimas me quieren recorrer la piel, no se lo impido.
Empiezo a perder la noción del tiempo. Los minutos surcan entre las hojas de los árboles, se enredan con sus tallos y sus raíces, alejándose sin mirar atrás. Soy levemente consciente de ello, pero no me preocupa en absoluto. Me siento hija del bosque y zahorí de los rincones más insólitos, y este es, sin duda, uno de ellos.
Me desvanezco con el aire. Cierro los ojos, guiada por un instinto demasiado puro para ser descrito. Es ínfimo, pero se esparce con velocidad y me llena de ligereza, permitiéndome surcar junto a las aves más ágiles.
No soy consciente de cuando mis dedos dejan de tocar. No paro porque esté cansada o dolorida, como es habitual, simplemente siento que debo hacerlo. La música se va atenuando hasta desaparecer, fundiéndose en el silencio.
Noto cómo el sol me acaricia las mejillas, instándome a levantarme, dándome vida. Trato de despegar los párpados, que me protegen los iris de la luz, y la mente de la vida terrenal, pero se niegan a obedecer, rebeldes.
Aun así, cuando le oigo, una leve risa que se me escapa de entre los labios y me veo obligada a abrirlos. Un gorrión está piando a los pies del risco donde estoy sentada, emitiendo un sonido muy leve, que afortunadamente el silencio me ayuda a apreciar.
Me limito a observarlo, abrazándome las rodillas. Se me hace extraño verlo solo, aunque por el oscuro tono de su plumaje, descarto que se trate de una cría, así que no me preocupo. Cuando sus diminutas pupilas me enfocan, ladea la cabeza, como si me preguntara que hago ahí sentada. La sonrisa se me ensancha, consciente de la curiosidad que le provoco.
Cojo la siringa, que en algún momento he abandonado encima de la roca, y la guardo de nuevo en la bandolera. No quiero que se astille, está prácticamente igual que el día que me la regaló mi padre.
Al bajar la vista de nuevo hacia mi reciente amigo, veo que ha avanzado unos pasitos, pero sigue parado, como si me estuviera esperando. Desciendo del risco con calma, abandonando mi vieja costumbre de brincar temerariamente. No quiero asustarle y que alce el vuelo, aprovechando sus alas. Las mías son etéreas, pero siempre me cobijan.
El gorrión deja de observarme y prosigue su marcha, dando pequeños saltos. Voy abandonando la idea de que todo sea una mera invención mía, y empiezo a pensar que realmente me quiere mostrar algún lugar. Quién sabe, quizás entre zahorís de rincones insólitos, nos reconocemos.
El pájaro rodea toda la roca, y va surcando varios árboles, adentrándose en el bosque. Veo que se detiene cerca de un olmo que conozco muy bien. Es el más alto y corpulento de la zona. Está rodeado por otras plantas, que se enredan por su tronco hacia la bóveda celeste. Tiene las raíces tan gruesas, que ha levantado la tierra de su alrededor.
- ¿Por qué me has traído hasta aquí?
La pregunta me sale de lo más profundo de mi ser, sin pasar por el filtro de la razón. ¿En serio le acabas de hacer una pregunta a un gorrión? Sacudo la cabeza, riéndome de la situación. El ave despliega sus alas y se marcha, dejándome sola de nuevo.
Mis pies me desplazan hasta el olmo, y lo rozo con los dedos, terriblemente despacio. Qué más da él porqué, ahora ya estoy aquí. Me siento inevitablemente atraída por él. Apoyo la cabeza sobre el olmo, como si a través de su corteza, pudiera nutrirme de su savia. Lo rodeo con los brazos, fundiéndome en un abrazo de extremidades invisibles.
Me separo con cuidado, dando un par de pasos hacia atrás. Ya no rebusco entre esas enredaderas, destruyéndolas, miedosa de que, al tapar las palabras que ocultaban, pudiera olvidar lo que decían. Ahora he comprendido que se han fundido con las plantas, con el olmo, y que han recobrado la vida, aunque yo no las pueda ver.
Mi madre se ha vuelto sempiterna, y el bosque es ahora su nuevo hogar.


